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 Historiador

Luis Bilbao Larrondo

EL de los rascacielos es un tema nada ajeno a Bilbao que cada cierto tiempo surge. No obstante, a más de uno le ha podido dejar perplejo que sean los dirigentes municipales de la villa los que lo hayan planteado añadiendo que Bilbao tiene que crecer y que lo bendiga algún arquitecto diciendo «sabia decisión la de los rascacielos». Varios medios de comunicación aparecen especialmente ilusionados con estas propuestas, además de volver a incidir en una absurda idea: Bilbao puede convertirse en un nuevo Manhattan. Algunos ejemplos recientes de esa tendencia los tenemos con las torres de Izozaki o la torre de Iberdrola.

Lo que fue una obsesión tanto para los dirigentes municipales como para los constructores durante el franquismo, está hoy más vigente que nunca. Pero ¿en que beneficia a la villa este tipo de construcciones y por qué tiene que seguir creciendo? Los rascacielos fueron motivo de debate durante el pasado siglo XX en más de una ocasión entre la prensa bilbaina. Fomentado por los propios empresarios implicados, algunos de ellos pertenecientes a los consejos de dichos diarios.

La excusa de la especial orografía de Bilbao, una villa metida entre montañas, sin posibilidad de suelo en donde construir, permitiría buscar en el espacio lo que no se podía encontrar en el suelo. Ése era el engañoso argumento defendido por los dirigentes bilbainos. Mientras, la prensa escrita reivindicaba Nueva York como el modelo de ciudad a seguir. Aquella aspiración por un ideal quimérico de querer emular las ciudades estadounidenses llevó a no pocos técnicos bilbainos becados por el Ministerio de Industria a viajar a los Estados Unidos para estudiar su arquitectura, su urbanismo y su industria de la construcción: Aguinaga, Salbidegoitia o Iñiguez de Onzoño fueron algunos de esos arquitectos e ingenieros.

Los dirigentes municipales, con el entonces alcalde Javier Ybarra a la cabeza, estuvieron en varias ciudades estadounidenses estudiando sus políticas urbanísticas. Volvieron todos ellos fascinados, sobre todo, al contemplar la ciudad de Nueva York con sus rascacielos. The american way of live, sus industrias e infraestructuras y, sobre todo, aquellos edificios descomunales sedujeron a las autoridades locales mucho antes de que Tomas Krens lo hiciera para erigir un Guggemhein en Bilbao, tal y como lo planteaba el profesor Joseba Zulaika en su libro Crónica de una seducción…

El Banco de Vizcaya de Casanueva, Torres y Chapa en el Ensanche de Bilbao, fue una copia formal de un banco de Manhattan al estilo del Chase Manhattan Bank de Skidmore, Owings y Merril. Aguinaga, a la vuelta de su viaje por los Estados Unidos, planteó varios rascacielos en Bilbao: las torres de Zabalburu y las de Etxezuri. El edificio Albia de José Sans Gironella y Juan Carlos Smith, los rascacielos de Deusto de Javier Sada de Quinto o las torres de La Casilla, fueron algunas más de esas aspiraciones inmobiliarias sin más fundamento que el beneficio económico.

Algunos diarios de la prensa bilbaina a lo largo de esos años apoyaron tales pretensiones y planteaban la posibilidad del plan de rascacielos Bertrand Goldberg de Chicago o de Pittsburg para Bilbao. Llegaron tambien a sostener la necesidad de construir centenares de rascacielos en los barrios más periféricos e incluso en las laderas de los montes que circundan Bilbao. Baste recordar que la actitud del constructor siempre ha sido la de tratar de manipular la normativa con el fin de conseguir mayores beneficios. Las construcciones en vertical han sido siempre un negocio muy lucrativo para las inmobiliarias, con una inversión rápidamente recuperada, con densidades elevadísimas. El contratista privado siempre ha estudiado con avaricia milimétrica el aprovechamiento del solar para construir el mayor número posible de viviendas en la mínima superficie tolerada y así obtener el máximo beneficio.

Porque el problema del alojamiento, gracias a los rascacielos, fue y es tomado únicamente desde conceptos económicos. A los políticos y arquitectos es preciso recordarles que, a finales de los años setenta, el Consejo General Vasco y el ayuntamiento tras la dictadura, a pesar de perder suelo con las desanexiones de Erandio y el valle de Asua, se opusieron frontalmente a los rascacielos por las graves consecuencias de densificación que sufrió Bilbao y que los bilbainos han venido pagando durante las últimas décadas. Los partidos políticos lo primero que exigieron fue suprimir el artículo 50 de las ordenanzas constructivas municipales que había permitido construir rascacielos en Bilbao. El propio profesor y urbanista Fernando Terán, en su último libro El pasado activo, sostiene que gracias a esa normativa fue lo que permitió una práctica común del franquismo defendida por alcaldes, el sector privado y cierta prensa de la época para beneficiar la innoble carrera de muchos constructores. Y añadía que sería sano recordárselo hoy a más de uno.

Arquitectos y urbanistas como Hall, Mackitterick, Manners, Oriol Bohigas a nivel internacional o Losada, Aguirregoitia, Burgos o Cenicacelaya a nivel local, ya advertían durante aquellos años de la inconveniencia de que Bilbao siguiera creciendo y abogaban porque cediera ese protagonismo a otros núcleos urbanos ya consolidados de Bizkaia. Bilbao no debía de crecer más. Visto lo visto, ¿acaso no hemos aprendido nada de las malas experiencias del pasado?

Entonces, ¿a qué viene esa obsesión constructiva, cuando el sentido común, no digamos ya el urbanístico, exige dejar de hacerlo? ¿A qué viene esa actitud cuarenta años después, pretendiendo promover una masificación, una mayor densificación a través de los rascacielos? Si hay unos culpables de estos despropósitos constructivos no son sólo los políticos y técnicos que los hacen factibles, sino la mayoría de los bilbainos por su falta de criterio, carentes de cultura crítica, de reflexión y de debate, sin una visión de futuro sobre el pensamiento de la ciudad.

Con esas premisas, tampoco es de extrañar que un arquitecto estrella de uno de los edificios más significativos de ese nuevo Bilbao dijera en una conferencia que Bilbao tiene lo que se merece. Una vez comprobada la actitud impasible de los bilbainos, razones no le faltaban para ello ahora que han vuelto con más fuerza que nunca aquellas trasnochadas y que creíamos olvidadas pretensiones del Régimen de Franco: un Bilbao de rascacielos.

DEIA

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