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El Botxo arde de fiesta con Marijaia después de un sofocante txupinazo

Bilbo está de fiesta. El arranque de Aste Nagusia fue sofocante, con temperaturas que rondaron los 35 grados en El Arenal, en un txupinazo en el que no faltó ningún ingrediente: las ganas de juerga, la alegría por la llegada de Marijaia, diversas reivindicaciones y miles de gargantas que no cesaron de entonar la canción en honor a su musa. Al inicio de la kalejira previa, ante la casa consistorial, los comparseros, culo al aire, reivindicaron un modelo más participativo.

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Marijaia llegó y Bilbo saltó de alegría todo lo que el sofocante calor le permitió. Con temperaturas de hasta 38 grados en algunos momentos, el Botxo comenzó a arder cuando el cohete lanzado por Patricia Lezama detonó en el aire y la reina de Aste Nagusia asomó sus brazos por la ventana de acceso a la balconada del Arriaga. Sonriente, vestida de tonos alegres a sus 33 años, la bruja que engatusa a bilbainos y foráneos dio el último empujón a los pocos y pocas que aún no se habían animado a tararear, cantar o brincar.

Ya lo habían pronosticado la víspera, el Botxo iba a ser una caldera y no se equivocaron. El termómetro fue ascendiendo y el bochorno se apoderó de la villa, aunque no amilanó a quienes contaban los minutos para volver a adentrarse en la semana más larga del año. Al mediodía, el Casco Viejo estaba a rebosar de cuadrillas dispuestar a no perderse un minuto del arranque festivo y de turistas sorprendidos por el ambiente.

La primera cita, a las 17.00, ante la casa consistorial, de donde iba a partir la kalejira convocada por Bilboko Konpartsak para dirigirse al epicentro del txupinazo, la plaza del Arriaga. La primera muestra reivindicativa se produjo allí, cuando varios comparseros y comparseras, dando la espalda al edificio municipal, mostraron sus traseros en los que estaba impreso el lema “Aste Nagusia defendatuz”.

Al frente del cortejo festivo, el pregonero, Kirmen Uribe, con su chatequilla de frac amarilla y bicornio negro, acompañado de la txupinera, la comparsera de Mekauen Patricia Lezama, que no dejaron de recibir muestras de apoyo de todos aquellos que les veían. La marcha se adentró en el Casco Viejo, donde muchos vecinos respondieron desde balcones y ventanas a las peticiones de agua, que no ter- minaba de saciar a quienes la reivindicaban.

El engrudo, dueño y señor

Para cuando la marcha comparsera arribó a la delantera del teatro Arriaga, eran ya varios los miles de personas que aguardaban. En primera fila, adolescentes provistos de paquetes de harina y huevos, que comenzaron media hora antes de la salida del pregonero al balcón su particular inicio festivo. El llamamiento a un txupinazo limpio se quedó en eso, pues limpio fue poco, a pesar del empeño de responsables municipales y comparsas por desterrar estas prácticas que nada tienen que ver con la tradición. Tras unas años de cierta calma, la harina se adueñó de una parte de la plaza, aunque sí es verdad que fueron pocos, deslucieron un tanto el acto, al que asisten muchas personas que huyen al ver estas prácticas

Un baño en harina y liquidos transformó a esas cuadrillas de adolescentes y alejó de su alrededor a muchos que huían del contacto con estos jóvenes impregnados en engrudo, kalimotxo y sudor, que desprendían pocos minutos después un olor poco edificante. Al finalizar el txupinazo, muchos de estos adolescentes «empanados» optaron por arrojarse en tropel a la Ría, a la altura del puente del Arenal, ante la atenta mirada de los bomberos, o en la fuente de la Plaza Circular, en la que no cabía un alfiler.

Las reivindicaciones presentes

La llegada de las comparsas con sus camisetas multicolores restó protagonismo a los del engrudo. Las banderas de los agentes festivos ocuparon el área central de la plaza, al igual que las pancartas en las que se reivindicaba el retorno de los presos políticos vascos a Euskal Herria, otras de apoyo a los jóvenes independentistas y en defensa de Kukutza. De un edificio cercano se desprendió otra gran pancarta con el lema “Preso eta iheslariak etxera” y otra con “Ezker abertzalea aurrera”.

La ebullición era máxima y entonces, entre gritos reivindicativos y la canción “Badator Marijaia”, aparecieron en la balconada pregonero y txupinera, junto a la edil de Fiestas, Itziar Urtasun, e Itziar Villafañez, de Bilboko Konpartsak. Kirmen Uribe, algo nervioso al principio, inició su pregón poético al ritmo del “Egun da Santimamiña”, de Mikel Laboa, creciéndose en las últimas estrofas y haciendo vibrar al respetable. El soneto a Blas de Otero aplacó a la parroquia entregada, a pesar de que el escritor ondarroarra con corazón bilbaino confesó ante el gentío que es «un pequeño canalla» y terminó con «goras» a Bilbo, Marijaia y Euskal Herria.

A continuación, Patricia Lezama encendió el cohete que, tras unos segundos titubeantes, partió hacia el cielo para detonar. Marijaia salió a la balconada y llegó el delirio.

Más tarde, en la kalejira de apertura de las txosnas, la musa de Aste Nagusia tuvo problemas para avanzar con su cohorte. Tan sólo tras la tormenta que cayó a eso de las 21.15, el olimpo festivo se despejaría y refrescaría un ambiente bochornoso.

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