USA

El mito americano y el franquismo

Toda vez que se suscita un debate, en torno a la paradójica actitud de los Estados Unidos, nos crea cierta sensación contradictoria, porque cuantos en cuantas ocasiones habrán creído ingenuamente a quienes les han repetido insistentemente que se trataba del país de la libertad, cuna de la democracia y donde todo es posible. Sin embargo, es preciso dar una mayor credibilidad a quienes sostienen que todo ello no es sino un mito, una mera ilusión sustentada a través de un sinfín de herramientas culturizadoras. Baste recordar el idilio que mantuvieron con la España de Franco y su execrable actitud hacia el gobierno legítimo y democrático de la República en el exilio. En los años 40 del pasado siglo XX, en una ciudad sobre la que las autoridades franquistas trataban, tras el alzamiento militar, de erigir un fastuoso Gran Madrid, diseñando grandes avenidas y basado en una arquitectura monumental, no solo trataban de convertirla en la gran capital sino en el centro espiritual de aquella nueva España. No obstante, resultaba contradictorio, porque su realidad era la de una ciudad devastada por la guerra y nadie se sorprenderá al analizar la prensa de la época, ante aquellas noticias sobre las graves situaciones de penuria por las que pasaban sus habitantes, en las que los madrileños trataban de dirimir entre poder elegir entre sacos de yute o sacos de esparto, entre la escasez de leña o la falta de carbón, entre el déficit de combustible o las terribles dificultades en el suministro de energía eléctrica. Situación a la que se debía aunar la limitación en el acopio de toda clase de materiales, la falta de todo tipo de alimentos, con las famosas cartillas de racionamiento, para quienes soportaban las consecuencias de la paralización del comercio, con una crisis de producción, transporte y distribución generalizados. Todo esto, si lo unimos a aquella imagen de las decenas de miles de personas que vivían en el extrarradio de la capital, en lamentables condiciones, subsistiendo en cuevas, chozas y chabolas, que conformaban los gigantescos cinturones de suburbios que rodeaban la capital, transmite una palmaria evidencia de cuáles eran las prioridades de aquel régimen dictatorial. En ese contexto de posguerra, en el que las Naciones Unidas desde 1946 venían sancionando y aislando internacionalmente al régimen dictatorial de Franco, fue tomando cuerpo una gran farsa que se ha perpetuado hasta nuestros días.

La gran farsa

Apenas perduró aquella situación, cuando desde la administración de los EE.UU., iniciaron una campaña a finales de los años 40, para que se reanudaran las relaciones diplomáticas con la España de Franco. Interés que tuvo su reflejo en las noticias que aparecían en periódicos de tanta entidad como el New York Times, diario en el que se empezaron a escribir artículos sobre la España franquista y en los que defendían su valor estratégico para los Estados Unidos. Con el tiempo se fue haciendo usual que distintos parlamentarios norteamericanos comenzaran a visitar la España de Franco en busca de ese acercamiento. El Senador Mc Carran fue el autor de la iniciativa para que la España de Franco recibiera el Plan Marshall –George Marshall fue el Secretario de Estado que instauró el plan de ayudas financieras y materiales para resolver la crisis económica europea de posguerra-, además era Presidente de la Comisión Mixta de ambas cámaras y fue quien disponía cómo se distribuiría el Plan Marshall en Europa. Otros políticos, como John Kee, Presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, propusieron enviar de manera inmediata un embajador a Madrid. Llegaron, desde la administración estadounidense, a defender, basado en un discurso falaz, que desde que retiraron a su embajador de Madrid, habían fracasado en su pretensión inicial de aislar al régimen, que no hubo nunca un frente unido dentro de las Naciones Unidas contra Franco y que con los años esta acción perdió su valor moral. Tom Connally, Presidente de la Comisión Senatorial de Asuntos Exteriores, senador demócrata por el estado de Texas, llegó a proponer presionar al resto de países para que apoyaran a EE.UU. en sus anhelos y se vendía a la España de Franco como una poderosa barrera contra el comunismo. Ese mismo año de 1950 llegaron a Madrid 38 periodistas norteamericanos para que desde sus editoriales expusieran cuales eran las excelencias del franquismo. Incluso desde la prensa escrita como el New York Telegraph empezó una campaña basada en una sarta de invenciones, en las que defendían la gran labor del franquismo durante la guerra mundial al rescatar pilotos norteamericanos, que ayudaron a la Francia Libre en la lucha contra los alemanes en el norte de África o que Franco impidió que los alemanes atacaran Gibraltar. La intención de esta vil campaña, no fue otra, que lograr que una mayoría de los miembros de las Naciones Unidas se adhirieran a la propuesta norteamericana, con el fin de derogar la disposición de 1946 contra la dictadura franquista.

Los símbolos de New York y de Pittsburg

Desde finales de los años 40, los dirigentes del régimen franquista, llevados por aquella fascinación que sentían por los Estados Unidos y tratando de implantar algunas de aquellas soluciones pragmáticas, ante problemas tan graves como el de los suburbios, pretendieron establecer en Madrid la que consideraban había supuesto una efectiva política del ayuntamiento de New York, con leyes restrictivas de acceso a la ciudad, de esta forma quien no pudiera demostrar que poseía trabajo ni una vivienda le era negado el acceso y era expulsado a su lugar de origen. Ley, que por cierto, fue posteriormente instaurada por el Ministerio de la Vivienda de Jose Luis Arrese a partir de 1957 dentro de los planes de urgencia social tanto para Madrid, Barcelona, Asturias y Bizkaia. Las fotografías de imponentes rascacielos aparecían, una y otra vez, en la prensa escrita madrileña, como signo representativo de aquella ostentación y riqueza. Eran artículos en los que se describía a los Estados Unidos como el país del máximo poderío económico, militar y técnico del mundo, el país de la libertad y del bienestar económico. Llegó a ser denominado por algún periodista como “el supremo estado relámpago de los tiempos contemporáneos”. Se publicaron artículos en diferentes medios de la prensa escrita, en los que personajes relevantes de la vida madrileña que habían viajado a los Estados Unidos, describían las maravillas y bondades de aquel país, con sus grandes supermercados en los que entrabas con tu coche y seguido con tu carrito recogías los productos envasados, reflejo de una estampa que se haría común décadas después en las ciudades no solo de España sino de Europa. Se describían las imágenes más representativas de la metrópoli de New York, desde aquellas anchas arterias, hasta las líneas de metro, que reflejaban el alma compleja de New York, una ciudad tachada de dura y egoísta, pero en la que no sentía nunca uno sobre sí las miradas de los demás, ni era tratado como un extranjero. Era denominada la ciudad de la oportunidad, fecunda en sorpresas, en donde nunca se perdía la esperanza, moderna y orgullosa de esa modernidad exuberante. En esta ciudad, con un elevadísimo nivel de vida, aseguraban varios medios de comunicación, podías contemplar a un obrero que podía disfrutar de su enorme vehículo, de su casa, con toda clase de electrodomésticos, en donde apenas se distinguía el obrero del rico, ya que vestían igual, comían igual y acudían a los mismos espectáculos. New York era entonces una metrópoli que poseía una población de 8,5 millones de habitantes y era 10 veces superior en extensión a Madrid. Era la ciudad en donde se inventaban continuamente máquinas que sustituían el esfuerzo personal y aumentaban las cifras de producción hasta proporciones insospechadas. Esta urbe, según atestiguaban quienes la visitaron entonces, estaba imbuida de un espíritu dinámico y a la vez pragmático, en donde los viajeros se veían sorprendidos por aquellos descomunales edificios, símbolos del progreso y de la modernidad, como el Chrysler Building, el Rockeffeller Centre, el Empire State Building o el Murray Hill Hotel, con cientos de pisos en altura y con capacidad para acoger a miles de personas. Eran descritos por quienes los visitaron como majestuosos, grandiosos, verdaderas moles de hormigón armado, cristal y acero. Otros hitos neoyorquinos que se describieron con asiduidad en la prensa madrileña fueron el puente de Brooklyn, Central Park, los grandes almacenes Macys, que aparecían junto a fotos, dibujos y artículos sobre la New York City Housing Authority, la Metropolitan Life Insurance Company y el grupo residencial Parkchester, Stuyvesant Town, Peter Cooper Village o Riverton Esso Building. Se empezaron a publicar también artículos en torno a Pittsburgh, calificada como la ciudad fantástica, la cuna del acero, que era descrita por la prensa del Régimen como el gran icono de la riqueza con esta frase que lo decía todo “una ciudad en la que no se puede tirar una piedra sin darle a un millonario” Era considerada como la población más rica del mundo, centro omnipotente de la industria, del carbón, del hierro, del petróleo y del gas natural. Describían la estampa de sus fundiciones del acero que durante la noche ofrecían un efecto purpureo cuando salían los bloques de los altos hornos en rojizas llamaradas que tanto nos recordaban a los Altos Hornos de Vizcaya. Era contemplada a su vez como la ciudad de los grandes filántropos y multimillonarios como Andrew Carnegie y R.K. Mellon. En aquella situación de posguerra, de hambruna, de restricciones y de estraperlos, el mito americano, a través de estos símbolos, tomaría una extraordinaria fuerza entre aquella desolada y empobrecida población, pero que aun así, percibía y contemplaba, absolutamente cautivada, todas aquellas noticias y fotografías que sobre el modo de vida norteamericano llegaban, con una imagen, de lo que les decían, sin comprender muy bien lo que significaba, qué era progreso y qué modernidad.

La certificación de una infamia

El 26 de Marzo de 1953, era firmado en Madrid el convenio defensivo y de ayuda mutua entre la España de Franco y los Estados Unidos. La traición a la democracia se había consumado. A cambio, la dictadura franquista les proporcionaba toda clase de concesiones, desde bases aéreas y de la marina en Torrejón, Zaragoza, Sevilla o Rota, además de un sinfín de pequeñas estaciones de radares diseminadas por toda la península. Se creó la Architectural Enginers Spanish Basiers, oficina encargada de diseñar y construir las bases militares estadounidenses, auténticas ciudades en las que se reproducía el modo de vida norteamericano para sorpresa de quienes sufrían las restricciones de la autarquía y contemplaban atónitos aquellas ostentaciones de riqueza con aquellas viviendas unifamiliares o car-poor, con sus grandes supermercados o sus suntuosos automóviles. Se abrieron las fronteras y dieron comienzo las ayudas económicas al régimen de Franco así como se sustentaron los viajes de intercambio tanto técnico como cultural. De esta manera, por una parte, el gobierno de Franco tomaba como referencia aquel modelo económico y de país, y por otra parte, sepultaban cualquier atisbo de posibilidad de que se reconociera al legítimo gobierno español de la República en el exilio. Sustentaba un reputado escritor que los EE.UU., es un país que nos resulta fascinante, extraño, sorprendente, y cuando menos, complejo de comprender, y sin embargo, sus actos, son los que son y son lo que son.

Luis Bilbao Larrondo (Historiador)

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