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Cambio cultural

El modelo vasco de salud se parece cada vez más al de Isabel Díaz Ayuso en Madrid o Juan Manuel Moreno en Andalucía.

Parece mentira que con la que ha llovido durante la pandemia y la visión sistemática de las costuras del sistema público vasco de salud (Osakidetza), en vez de arreglarlas o siquiera parchearlas, el proyecto de desmantelamiento del mismo siga su curso, como si se tratara de una fórmula algorítmica que deba progresar, al margen de terremotos, inundaciones y otros condicionantes externos.

Con más de 7.000 muertes acumuladas en la CAV con motivo de la covid-19, las promesas de reconducir un proyecto como el de la salud, fundamental y central en el desarrollo humano, fueron lanzadas desde las altas instancias para evitar el pánico. Meses de contracciones, de endulzamiento de la situación por los equipos de comunicación, de aplausos a las trabajadoras y de gestos destinados a una población que se manifestaba altamente desprotegida, a la espera y necesidad de indicaciones salvadoras.

Pronto, sin embargo, llegaron las primeras señales de que la sanidad pública era un terreno secundario para los gobernantes. No esa pieza fundamental que cualquier mente o colectivo progresista define para el progreso humano. Primero con ciertas decisiones inexplicables que dejaban entrever la espera al círculo privado partidista que pudiera tomar las riendas del negocio pandémico. Y más tarde con la declaración de su condición de ciertos directivos de alto rango, haciendo valer su posición para la vacunación y otras medidas. Cara a la galería fueron depuestos de sus cargos, pero cuando a las semanas los encontramos dirigiendo otras entidades del entramado público, redescubrimos que quienes dirigen la autonomía vasca lo hacen como si fuera una empresa. Una empresa más bien familiar.

Los precedentes pandémicos en el sistema público de salud habían invitado también a un cambio natural, a una reconducción de un escenario muy agitado, donde las elites habían desplegado incluso prácticas mafiosas. Las oposiciones amañadas habían sido la punta del iceberg que llevaron a la dimisión de Jon Darpón, elegido por Urkullu para dirigir Sanidad, sustrayéndolo de una mutua, de esas beneficiadas por la privatización sanitaria. Roma no paga a traidores, pero sí en cambio a tramposos, y el depuesto consejero fue fichado por una empresa de salud norteamericana que le puso al mando del nicho más grande del planeta, Eurasia.

El camino emprendido de desmantelamiento siguió una ruta implacable, a pesar de escándalos. Porque ese cambio no se produjo y llegamos a la pandemia con lo justo. Trabajadoras que doblaban turnos, que llegaban al límite de la capacidad humana. Bien por ellas, dijeron. Palmadita en la espalda y a mirar hacia otro lado.

Por lo visto entonces, fuimos ingenuos. Me incluyo en este apartado. Porque supusimos que, ante una tragedia de dimensiones desconocidas, casi bélicas por sus víctimas, habría reflexión. Y no la hubo porque nos han demostrado que lo único que cuentan para ellos son los balances. Ganar dinero, a espuertas se supone, y cuanto más rápido mejor. Y lo público tiene sus reglas y transparencias. Lo privado, donde se gana de verdad, es lo prioritario.

Una veda abierta que ya quedó mostrada cuando la pandemia entró y arrasó los centros de mayores, las residencias. Cuando en otros Estados a los que este Gobierno autonómico señalaba falsamente como modelo para su gestión incluyen a estas residencias en su sistema de salud, tal como otras áreas a las que Osakidetza deriva a las privadas (oculista, ortodoncia…), Lakua ha optado por un modelo más carpetovetónico. Privatizar.

El modelo vasco de salud se parece cada vez más al de Isabel Díaz Ayuso en Madrid o Juan Manuel Moreno en Andalucía. Comunidades gestionadas por la derecha española que llevan un proceso de desmantelamiento de la sanidad pública tan notorio que el PSOE, en la oposición en los gobierno autonómicos de estas dos comunidades, lo utiliza como lanza para desgastar la gestión. Sin embargo, en la Comunidad Autónoma Vasca, con un proceso de desmantelamiento similar, el PSOE avala y participa de la misma estrategia de descalabro de la sanidad pública que en otros escenarios critica. No se trata de una contradicción, sino de un modelo errático de hacer política, en el que la ética y los valores comunitarios han desaparecido por completo.

Esa singularidad vasca, ese oasis que nos anunciaban desde que el Estado profundo diseñó el de las autonomías, café para todos, y evitar diferenciar la particularidad vasca, catalana y gallega, va perdiendo fuelle. Cada vez las líneas que separaron la política autonómica vasca con la hispana son más finas, sobre todo en lo económico. Urkullu tiene más afinidades con los proyectos privatizadores y deslocalizadores de Ayuso y Moreno que con una dinámica propia y vanguardista de corte soberanista. La txapela le da únicamente el sempiterno toque regional.

Ahora, Gotzone Sagardui, la última consejera de salud, ha sido extremadamente explicita. Para la sanidad pública vasca es necesario «un cambio cultural». Sagardui, alentada por su equipo de comunicación, ha querido asentar lo que es un secreto a voces y dar el pistoletazo de salida, públicamente al menos, a una nueva narrativa política. ¿Por qué en este momento? Porque como relataba recientemente Josep Ramoneda, hay «una oleada reaccionaria de restauración del viejo orden en Occidente». Un ensayo de pasarela de la democracia liberal al «autoritarismo posdemocrático». Nos encontramos en una sociedad donde en el mejor de los casos los poderes políticos son incapaces de poner límite a los poderes económicos, y en el peor, probablemente en el que nos ocupa, donde los poderes políticos son meros morroi de los poderes económicos.

No hay un cambio cultural en el horizonte, porque esa expresión, ese cambio de paradigma hacia la privatización de lo público, hacia el desvío de nuestro dinero hacia las grandes fortunas a través de megainfraestructuras, ya se está dando desde hace tiempo. Sagardui únicamente le ha puesto la kirtena literaria a la txapela.

publicado GARA 2022/06/18

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